LOLA
PROPIEDAD INTELECTUAL DE VITY ESCOBAR, 2017.
Este cuento fue premiado con el primer lugar del concurso nacional "Mi vida, Mi trabajo", Chile, 2014.
Para ella, para la niña y para las que vinieron
después y siguen errantes por el desierto sin fin.
Era la cuarta pana del tren en los
dos días que llevaban de viaje. Y esta vez parecía ir para muy largo. Muchos
pasajeros comenzaron a bajarse y caminar en fila india por los ríeles. Cargaban
sus bultos y tenían cuidado de no alejarse de la guía metálica, brillante e
hirviente del riel. Faltaban treinta kilómetros hasta la próxima Oficina y
había que atravesarlos de día. Bajo el sol ardiente, sudando, con sed y
arrastrando los pies llenos de tierra. El sudor se evapora rápido, uno se
deshidrata. También podía perderse en el desierto y no ser encontrado jamás.
Uno se volvía loco y después se moría de sed.
Lola caminaba con la vista fija en
su propia sombra que le llevaba delantera en el camino recorrido. Con una mano
sujetaba firmemente la muñeca de Nelly y con la otra cargaba de la manera más
cuidadosa que el cansancio le permitía una especie de maleta de madera delgada
de un metro cincuenta por un metro. Era la maleta que utilizaba para
transportar los cuadros, las pinturas. Por eso le preocupaba la cantidad de sol
que estaban recibiendo en aquel momento; las tres de la tarde. Nelly junto a
ella arrastraba los pies y apuraba el paso tratando de igualar las zancadas de
Lola, pero a cada rato se retrasaba y Lola le daba un tirón que más que un reto
era una invitación a esforzarse. Así era Lola, su tía de veinte años con quien
vivía desde seis meses atrás. Luego de quedar huérfana en la Oficina Carolina
al descarrilarse el tren y matar a sus padres.
Ese día sus padres se la habían encargado
a la vecina más anciana de la cuadra. Una vieja con olor a humo del carboncillo
que usaba para calentar agua para el mate y cocinar. Una vieja que no se reía.
Nunca supo a qué exactamente viajaron sus padres ni por qué la dejaron con esa
vieja. Apenas se supo del descarrilamiento y se confirmó que sus padres estaban
entre los muertos, la vieja la llevó a la parroquia de la oficina y se la trató
de entregar al cura. Pero el cura le dijo que ahí no era guardería y que si
quería dársela a alguien que fuera a la policía. Con los padres muertos, la
niña era asunto del gobierno. Cuando Lola supo todo esto, ya había pasado un
mes desde la muerte de su hermana y su cuñado y Nelly se encontraba en el
orfelinato de Antofagasta. Un lugar horrible, deprimente, que a Lola le dio
malestar de estómago incluso antes de cruzar la puerta. El trámite para
llevársela fue rápido; al Estado no le interesaba tener tantos huérfanos que
alimentar y cuidar. Últimamente los padres se morían con facilidad. Al menos,
Nelly era sólo una y eso era raro porque la mayor parte del tiempo llegaban manadas
de cinco o seis niños que habían quedado sin padres de la noche a la mañana.
Así que si ella quería hacerse cargo de su sobrina; mejor todavía.
-Nombre
–dijo la encargada de servicio social.
-Me llamo
Lorenza Estuardo, señora –dijo Lola
-El de la
niña.
-Nelly
Estuardo
-Segundo
apellido.
-El mismo
-¿Es hija
natural?
-No,
señora, no es huacha, mi hermana la inscribió mal y nadie le corrigió.
-Ah
Después
Lola firmó unos papeles y ambas salieron de ahí. Lola vivía en un conventillo
cercano al centro de Antofagasta. Un pasillo estrecho, un patio compartido. Por
la calle transitaban chinos, rusos, bolivianos, árabes, argentinos, chilenos y
otras razas que atraídas por el puerto y el oro blanco. Todos buscaban una
oportunidad, todos habían creído una historia que resultó falsa, todos desearían
volver si supiesen cómo. La habitación de Lola era pequeña: una cama que ambas
compartirían, una cocinilla, un lavado, una cajonera y lo que más llamó la
atención de Nelly; muchos cuadros pintados por su tía. Había pinceles, óleos,
telas, marcos de madera que Lola construía con sus propias manos. Tenía una
caja con clavos, un martillo, goma de pegar, cera, un serrucho, un compás, una
escuadra, un nivel y una huincha para medir. Así Nelly supo a qué se dedicaba
su tía: era pintora. Pintaba retratos, paisajes, santos para las parroquias.
Pero lo que más llamó la atención de Nelly fueron alrededor de 10 cuadros que
representaban escenas cotidianas de la Pampa, sus Oficinas y de Antofagasta.
Trabajadores a torso desnudo, un pasaje de los campamentos, una mujer cargando
un bulto bajo el sol del desierto. Obras que no intentaban imitar la realidad,
sino re interpretarla de manera personal; tal como Lola la sentía. A veces
gris, hostil y aterradora; otras veces, radiante y alegre. Expresionismo, le
dijo Lola que se llamaba eso o por lo menos era lo más cercano a una definición
que conocía. A Nelly esos cuadros le parecieron más bonitos comparados con los
que vendía usualmente. Lola le dijo que era una niña inteligente y con buen gusto,
pero que esos cuadros rara vez los vendía porque a la gente no le gustaban.
Prefería guardarlos.
Lola aprendió a pintar y, en realidad,
aprendió todo lo que sabía de arte cuando entró a trabajar como sirvienta a la
casa de una rica señora en Santiago. Tenía 13 años y había quedado huérfana
luego de que su madre muriese de neumonía en el hospital de Temuco. De su padre
no conservaba muchos recuerdos; sabía que se embarcó como cargador en el puerto
de Santa María de los Buenos Aires y nunca más se tuvo noticias de él. Lola
nació en Argentina, pero había perdido completamente el acento; excepto cuando
se enojaba: hablaba fuerte y gesticulaba; también dejaba escapar un “vos” o un “che”.
Cruzó la Cordillera de los Andes junto a su madre, su hermana mayor – la madre de
Nelly –y un pequeño hermano de dos años que se cayó y ahogó en un río en Talca;
ciudad donde se establecieron. Lola tenía 12 años, su hermana. Luego se
trasladaron al sur atraídas por historias de riquezas en tierras salvajes y
misteriosas. Lo único que encontraron fue pobreza, humedad, frío y desolación.
Su madre enfermó y murió. Ambas hermanas se trasladaron a Santiago donde se
separaron llorando en la estación del tren. Su hermana partió al norte de Chile
atraída como muchos por historias de riqueza fácil y ella se quedó sola en
Santiago. No tenía nada ni a nadie. Su hermana le prometió que mandaría por
ella a penas tuviese dinero, pero Lola sabía que eso sería muy difícil y que la
gente como ellas no manda a buscar a nadie, sólo trata de sobrevivir día a día.
Así fue como llegó a la casa de Doña Anastasia Manterola; una anciana que vivía
sola en una casona cercana al cerro Santa Lucía. La vieja le enseñó a hablar, a
reconocer la clase, a leer y escribir correctamente y, sobre todo, le enseñó a sentir
el arte. Doña Anastasia tenía tres hijas y dos hijos. Ninguno vivía con ella y rara
vez la visitaban. Ella tampoco los extrañaba mucho; decía que eran buitres y arpías
y que lo mejor que podía pasarle era morirse durmiendo para no seguir
conociendo sus intrigas y falta de moral. A su juicio, ninguno de sus hijos había
sacado nada de ella. Le contaba todas estas cosas mientras le enseñaba la combinación
de los colores primarios. Doña Anastasia también pintaba, pero siempre decía
que Lola tenía un talento excepcional que le reafirmaba que los artistas nacían
y no se hacían. La academia, en el mejor de los casos, pule un don que se tiene
o no se tiene, solía decirle la vieja. Un día se cumplió su deseo y amaneció
muerta. Habiendo quedado huérfana nuevamente, Lola tomó sus ahorros y compró un
pasaje de tren al norte. El sur ya no tenía nada para ella. Lo único que se
llevó de la casa de Doña Anastasia fue el atril francés de madera que ella
misma le regaló.
Rápidamente Nelly entró en la dinámica
de la vida de Lola. No fue complicado. Andaban juntas todo el día. Lola iba de
un lugar a otro buscando clientes para sus cuadros. Era enérgica, amistosa, fácil
de tratar. Además era muy guapa; medía un metro setenta, ojos azules, delgada y
de largo cabello negro como las actrices francesas de los carteles del
cinematógrafo. Conocía mucha gente, gente de toda y todas las clases y para
todos tenía una sonrisa y un comentario agradable. Nelly la acompañaba a los
almacenes, los bares, los mercados, las ferias, el puerto y las iglesias. Cada
noche, luego de beber mate Nelly se iba a la cama y Lola se sentaba frente a
una vela a escribir en un cuaderno que guardaba en una caja metálica de
galletas detrás de un montón de cuadros a medio terminar. Cada 15 días viajaban
a las oficinas salitreras cercanas. Recorrían la mayor cantidad de territorio
que el dinero y las fuerzas les permitían. Más de una vez algún gringo le había
solicitado que pintase a su esposa o a su amante. También pintaba en las
iglesias, a la salida del teatro, en las plazas. Sabía hacer grabados, dibujos
a carbón; incluso conocía la técnica que usaban los chinos para estampar
ciertas telas. Nelly le ayudaba cargando las pinturas, el atril o lo que fuese
necesario. Nunca se quedaban más de dos días en ningún lugar. Lola siempre
trataba de variar el itinerario de las oficinas para no visitar la misma dos
veces en el mes, pero había una que siempre visitaba. Sin importar lo bien o
mal que fuese el negocio: la Oficina Agua Santa. Siempre permanecían más de dos
días porque ahí vivía Manuel.
Manuel era obrero y en esa
condición se había desempeñado en casi todos los puestos que la faena permitía para
ganarse la vida. Su historia no era distinta a la de todos los hombres que
compartían su condición. Había nacido al sur de Chile; en ese sur frío, pobre y
sin esperanzas. Había llegado al norte atraído por los cuentos de riqueza y
prosperidad que los enganchadores desparramaban en las plazas públicas llenas
de patipelados miserables y hambrientos. Tenía 24 años y llevaba 3 trabajando
bajo el sol pampino. Su piel ya estaba herida, surcada, curtida. Sabía leer y
escribir; además de sumar, restar y multiplicar. Desde niño había sospechado que
el lugar que le tocaba en el mundo no era algo que debiese ser así
naturalmente. Vio a mucha gente sufrir por el hambre, el frío y las enfermedades.
Experimentó la pobreza en todas sus expresiones. Sin embargo, él creía que la
miseria de los hombres existía porque otros hombres así lo querían. Cansado de
la miseria que le rodeaba desde la infancia, decidió embarcarse hacia nuevas
tierras. Jamás había visto el desierto y ni siquiera podía imaginarlo. Jamás
había sentido el sol quemar. Jamás había visto como la piel se rasga bajo sus
rayos implacables. Tampoco había oído jamás a otros hombres que decían con
ideas lo que él sólo intuía como una certeza indecible. En la pampa, a
diferencia del sur, había hombres, trabajadores iguales a él, que hablaban
sobre otros países, sobre revoluciones, sobre ideas que liberarían al hombre,
sobre pueblos hambrientos que se habían alzado contra la injusticia y la
miseria. Se hablaba de eso en los momentos de descanso, en las tabernas, en los
camarotes. Muchas veces vio hombres que arengaban en los mítines de las plazas
públicas. Manuel se empapaba de esas palabras, bebía cada una de ellas y le
parecía que en ellas había un sentido y un significado vital que lo redimía de
la miseria. Y no estaba solo. Muchos intercambiaban gastados libros que
hablaban de igualdad y fraternidad, de reparto de bienes, de capital y otras
muchas cosas sobre las que no comprendía todo, pero de las que sí estaba seguro
comprendía su sentido esencial. Eran libros gastados, con huellas grasientas
marcadas en las hojas, con los lomos quebrados, llenos de manchones de vino y
aguardiente.
Una tarde, mientras escuchaba la
arenga de un compañero en la plaza pública de la oficina, vio a Lola. La chica
estaba de pie observando y escuchando atentamente al sujeto que discurseaba
sobre reivindicaciones salariales encaramado en una improvisada tarima de
tablones viejos. Mucha gente se había reunido a su alrededor. Algunos incluso
aplaudían. Lola no lo hacía, pero sí escuchaba. Junto a ella estaba Nelly, su
atril y algunas pinturas. Una vez que el hombre terminó su intervención la
gente se dispersó. Algunos en grupo comentaban la mucha razón que tenía el
compañero, que no había que tolerar más. Un espíritu sin temor comenzaba a
instalarse en los pampinos y las injusticias de siempre ya no parecían tan
normales. Manuel, la verdad ha de decirse, no había prestado tanta atención a
la arenga como otras veces; no podía quitar los ojos de Lola. La observó montar
el atril mientras la gente paseaba a su alrededor y comenzar a pintar a la
sombra de uno de los pocos árboles de la plaza. Junto a ella Nelly dibujaba con
carboncillo. La mayor parte de los compañeros de Manuel dirigieron sus pasos
hacía el boliche del negro Jacinto que en realidad no era negro sino de origen
turco y que tampoco se llamaba Jacinto sino Jacil Al, pero para el caso daba lo
mismo. Todos le decían negro Jacinto. Normalmente
Manuel habría acompañado a sus compañeros, pero algo le impedía dejar de mirar
a Lola. ¿De dónde sería? Lola llevaba vestido y sombrero, Nelly iba vestida de
manera similar. Parecía una mini Lola. Una hora después, Lola y Nelly guardaron
sus cosas y se fueron al sector de los buques; residencias dispuestas en bloque
que creaban entramados de callejones a veces solitarios. Manuel, sin pensarlo
mucho, avanzó tras ella ¿Para qué? No tenía idea. Aunque llegase a hablarle, no
sabría qué decir. Lola caminaba varios metros delante. De pronto en una
intersección dos obreros borrachos se le acercaron con intención de robarle.
Uno de los sujetos tiró a Nelly al suelo mientras Lola forcejeaba con el otro.
Manuel corrió hasta el lugar y de dos puñetazos redujo a uno de los borrachos
que quedó aturdido en el suelo mientras el otro escapaba. Manuel ayudó a Lola a
ponerse en pie mientras Nelly lloraba. Le preguntó hacia dónde iban, Lola le
dijo que no muy lejos, a la casa de una señora donde arrendaban una cama. Manuel
cargó a Nelly en brazos y también tomó el atril. La casa donde Lola arrendaba
una cama cada vez que visitaba la oficina era de una vieja partera. Cuando
llegaron a la puerta, Lola le dijo a Manuel que la esperara un momento,
mientras acostaba a Nelly que se había dormido en los brazos de Manuel. Volvió
a la media hora.
-Quería
agradecerle -le dijo mientras se amarraba el cabello en una cola de caballo -No
sé qué hubiese hecho sin su ayuda.
-Debería
hacer una denuncia, señorita.
-No, no me
interesa tener nada que ver con la ley. Además, mañana nos vamos. Soy pintora,
tengo que viajar para comer.
Manuel
pensó que era una ocupación muy inusual, que él ni siquiera sospechaba que
existía.
-Nunca
había conocido una pintora. Nunca he visto cuadros de verdad tampoco.
-Es una
lástima. La pintura es lo más hermoso que existe; aunque yo tampoco he visto
tantos cuadros, pero puedo imaginármelos.
-¿Su hija
está bien?
-Nelly está
bien, pero es mi sobrina.
-Ah.
-Bueno,
muchas gracias... pero que mal educada. Ni siquiera sé su nombre y ya me iba a
despedir -dijo sonriendo. Manuel la observó unos segundos y supo que estaba
completamente enamorado -me llamo Lola.
-Manuel, me
llamo Manuel. Ha sido un placer ayudarla, señorita Lola.
Luego se
quedaron en silencio. Lola miró a Manuel a los ojos; directamente, sin recato.
Lo miró de la manera en que una mujer mira a un hombre cuando lo toma en serio.
Un segundo de silencio decisivo, cuando todo está en juego. Manuel lo sintió,
lo intuyó y supo que todo dependía de él.
-Esta noche
hay un baile en el salón de la oficina -dijo sin pensar demasiado lo que estaba
diciendo, en un arrebato de palabras –me gustaría invitarla.
Lola
observó a Manuel en silencio y luego dijo:
-Si me pasa
a buscar a las 7 lo esperaré -y entró en la casa. Manuel se quedó con una sonrisa
imborrable en el rostro.
Esa noche fueron al baile juntos. La
oficina de Agua Santa ubicada a 3 kilómetros del Ferrocarril Salitrero de
Tarapacá y contigua a la estación ferroviaria de Agua Santa, tenía en aquel año
de 1915 una población de 1250 personas. A la hora pactada Manuel pasó por Lola.
Él llevaba su mejor traje, que era un traje comprado de segunda mano a una
mujer cuyo marido había muerto en una explosión de dinamita en la calichera y
que Manuel guardaba en una funda debajo de la cama. Ella iba con vestido blanco
y un lazo en el cabello. La filarmónica tocó y tocó. Todo el mundo estrenaba sus
mejores trapos para este tipo de evento; pero a Lola eso no le iba mucho.
Manuel se sentía incómodo con traje y zapatos; prefería sus calamorros de todos
los días. Sin embargo, caminar del brazo con Lola era algo sublime. Nunca había
experimentado tal sensación de sobresalto y apaciguamiento a la vez. A Lola,
Manuel le parecía un buen tipo. Un hombre esforzado, un huacho igual que ella.
Cuando hablaba se le iluminaban los ojos y decía cosas muy ingenuas, pero muy
bondadosas en sus intenciones. Le habló de lucha de clases, de
reivindicaciones, del sur y le ofreció su brazo mientras caminaban por los pasajes
de la oficina. Su experiencia con los hombres no era mucha, pero intuía que
Manuel se había enamorado de ella y pensaba que no debía ser difícil enamorarse
de un hombre como él. Pero que no era una buena idea. Y entonces, aquella noche
en el desierto más seco del mundo, hablaron, se rieron, se miraron de manera
cómplice, bailaron, rozaron sus manos y se contaron sus vidas mientras se
besaban bajo la noche iluminada de estrellas. Sentían que era la primera vez
que iban a un baile en sus vidas y así lo era. Se juraron jamás separarse como sólo
se lo pueden jurar quienes han estado solos toda la vida.
Después de eso se veían cada vez
que podían. Lola hacía coincidir sus viajes a la Oficina Agua Santa con Nelly o
Manuel iba a Antofagasta a verlas; cosa que no era posible muy a menudo. Tenían
planes, los tres. Por eso era tan importante para Lola llegar rápido al pueblo,
por eso tiraba de la mano de Nelly mientras recorrían la línea férrea. Cada vez
más atrás quedaba el tren averiado y la larga procesión de pasajeros a pie con
sus bolsos a cuestas se extendía casi por un kilómetro. Después de cuarenta y
cinco minutos de caminata llegaron a la entrada de la oficina Agua Santa; donde
las esperaba Manuel, preocupado por el retraso del tren. Se saludaron con un
beso y Manuel cargó a Nelly en brazos como si fuese su hija. Parecían una
familia feliz mientras se internaban en las calles, camino al cuarto de Manuel.
En la oficina estaba prohibido ingresar con compañía a los cuartos de soltero,
pero de todas formas los obreros se las arreglaban para ocultar a sus
acompañantes de los vigilantes.
-Va a haber
huelga -le dijo Manuel con un tono visiblemente entusiasta. Lola lo observó no
tan entusiasmada y dirigió la vista hacia el horizonte polvoriento - sé lo que
piensas -siguió Manuel -pero no va a pasar nada. Los compañeros de otras oficinas
y nosotros marcharemos. La huelga se extenderá por todas las oficinas y ya no
podrán seguir haciendo oídos sordos. Tendrán que escucharnos. Lola no decía
nada. No creía que la huelga sirviese para nada. Tenía miedo, había escuchado
de muchos muertos en otros lugares. En otras oficinas había gente que
desaparecía. Llegaban los capataces y los militares, se los llevaban y luego
jamás volvían. El desierto es inmenso y es fácil matar cuando nadie ve. La
gente hablaba en voz baja de esas cosas. Los intereses y el poder son cosas muy
peligrosas y Manuel parecía no darse cuenta de eso. Ni él ni ninguno de sus
“compañeros”. Creían en aquello, como cientos de otros miserables, creían en
aquello. Según Manuel, mientras más fuesen más fácil sería lograr su objetivo:
un salario digno, garantías laborales, bonos de producción, en definitiva,
ganarse una vida a través del trabajo. Lola no estaba tan segura de todo eso;
para los ricos la gente como Manuel y Lola eran sólo cifras, seres prescindibles.
Si no estaban ellos para hacer su trabajo, habría otros. Igual de miserables,
igual de explotables, igual de prescindibles.
-Manuel, ven
con nosotras a Antofagasta -dijo mientras cruzaban la plaza del pueblo -ya no
quiero viajar más a esta pampa.
-Nos
iremos, mi amor. Pero estoy involucrado acá. Tengo que estar aquí.
Las calles del pueblo estaban tensas.
Se veía más policías a caballo que de costumbre. Los hombres caminaban más
rápido, las mujeres andaban nerviosas. El rumor de la huelga había llegado a
oídos de la dirección y nadie sabía cómo iban a reaccionar. Oficialmente no se
había elevado un petitorio por parte de los trabajadores, pero la dirección no
tenía por qué esperarlo para aplacar la huelga y eso era lo que más temía Lola.
Cuando llegaron a la habitación de Manuel el sol ya se estaba poniendo y aunque
Lola insistió en que cenasen juntos, Manuel dijo que debía ir a la sede del club
deportivo que era donde se reunirían los obreros. Esa noche se decretaría la huelga
y él debía estar ahí. Una semana antes se lo había dicho a Lola y le había pedido
que no viniese; Manuel tampoco era ajeno a los rumores y noticias nefastas que
corrían por la pampa sobre intentos sociales y la represión. Sabía que la cosa
no iba a ser fácil, que se corrían riegos. Pero ella había insistido: si algo
pasa, prefiero estar ahí. Sólo tengo miedo a estar sin ti, le había dicho. Después
de que Manuel dejó la habitación, Lola se sentó en la cama y encendió un cigarro.
Había hablado con otras mujeres del pueblo, esposas, hermanas, hijas de los
huelguistas. Muchas, al igual que ella, tenían miedo pero iban a apoyar a sus
hombres hasta el final. Se habían organizado para prestar ayuda: iban a
necesitar comida, medicamentos, turnarse para cocinar y cuidar a los niños. Ya
había anochecido. Tomó a Nelly de la mano y se fue a la casa de Carmen.
Carmen era una mujer de 34 años,
tres hijos, el mayor tenía cuatro años, casada con un operario de la
maestranza. Su tarea era organizar el apoyo femenino a los compañeros obreros.
La huelga estaba planificada para comenzar a primera hora del próximo día. La
gente se iba a organizar esa misma noche. Así que, como estaba planeado, Lola y
Nelly caminaron por las calles oscuras de la oficina Agua Santa tratando de no
ser vistas. Golpearon tres veces la puerta de latón de Carmen; adentro había
otras diez mujeres reunidas, fumando. Se hablaba de lo que se debía hacer, de
lo que podría pasar. Todas tenían miedo en la mirada, pero ninguna dijo nada.
Había que apoyar a sus hombres y pensar que todo era para mejor. Había un grupo
de niños de distintas edades, algunos dormían otros jugueteaban con muñecas de
trapo o camiones de latón. Nelly permaneció sentada junto a Lola. Escuchando a
las mujeres. Sabía que estaba a punto de vivir una noche extraña y quería
comprender qué pasaba. Se lo preguntó a Lola, qué sucedía. Su tía la miró con
seriedad y luego la tomó de la mano y se la llevó afuera de la casa. La noche
estaba negra, sin estrellas, fría y algo ventosa. A Nelly se le helaron las pequeñas
piernas. Lola la miró a los ojos y dijo:
-Tú has
vivido cosas que una niña no debe vivir, pero la gente como nosotros no tiene
más elección. Eres una huérfana, igual a mí, igual a todos los que están acá y
en este desierto. Aunque no nacimos acá, ahora pertenecemos a esta tierra seca
y despiadada. Pase lo que pase esta noche, mañana ya no serás una niña. Ojalá
no me culpes por eso, tus huesos los enterraran acá algún día tus hijos o tus
nietos; así como tú me enterrarás a mí. Así como todos los fantasmas que veo a
diario caminar por el desierto. Te adoro mi niña –dijo mientras la abrazaba
–perdóname, perdónanos.
Nelly apretó el abrazo de su tía
que estaba arrodillada frente a ella. Sintió el viento frío irritando sus
mejillas blancas. Sabía que no comprendía todo lo que su tía le acababa de
decir, pero también sabía que algún día lo entendería y se lo agradecería. A
las 01:00 de la madrugada las tropas al mando del capitán Riquelme siguiendo
las órdenes del inglés Thomas Spencer -director de Agua Santa -bloquearon las
entradas de la oficina y avanzaron por el sector de residencias para solteros,
desalojaron todas las piezas y luego siguieron con el sector para casados.
Comenzaron a dirigir a todo el mundo a la plaza pública, en su mayoría ancianos,
mujeres y niños. Los hombres estaban amotinados en la sede del Club Deportivo
Agua Santa Fútbol Club. A casa de Carmen llegaron a las 2:30 de la noche y las
mujeres ya los esperaban. Habían acordado no oponer resistencia si algo así
sucedía. Los militares las hicieron salir a la calle y caminar en la oscuridad
con la cabeza gacha. Los niños lloraban, Nelly iba aferrada a la mano de Lola y
avanzaba con el corazón que se le escapaba del pecho. Las trasladaron hasta el
teatro de la oficina. Nadie tenía noticias de los hombres, nadie sabía nada.
Todo el mundo dentro del teatro gritaba. Lola trataba desesperadamente de
enterarse sobre los obreros. En el caos tomó por los hombros a un soldado y
entonces otro le dio un culatazo en la cara rompiéndole una ceja que comenzó a
sangrar. Nelly saltó sobre éste y ambos soldados comenzaron a reír mientras
Lola abrazaba a Nelly en el suelo y la polvadera de pies, manos, brazos y
gargantas que forcejeaban con los uniformados. Fue ahí cuando a través de la
trifulca vieron las llamas que se elevaban rojas, malditas, enfermizas, sobre
la oficina hasta el cielo estrellado del infinito pampino.
Las versiones de lo ocurrido
aquella noche son confusas. Algunos afirman que un grupo de veinte obreros logró
escapar al incendio de la sede deportiva que ardió en llamas durante toda la
noche. Otros dicen que antes de prenderle fuego los soldados acribillaron a los
huelguistas. Según otros, los soldados comandados por el capitán Riquelme y
mandatados por Spencer, tomaron prisioneros a los huelguistas y se internaron
en el desierto. Muchos vieron al escuadrón volver de las entrañas de la pampa
al amanecer; no los acompañaba ningún obrero. Corrió el rumor del fusilamiento
y cómo los habían enterrado en una zanja. Lo cierto es que aquella mañana el
horror se apoderó de la pampa. Las mujeres escarbaban gimiendo los restos del
incendio en busca de vestigios de sus hombres. Muchos murieron ahí, calcinados.
Lola fue una de esas mujeres. Como una loca rasguñó las cenizas con el nombre de
Manuel en la boca. Pero no encontró nada o quiso no encontrarlo; sentía en lo más
hondo de su pecho que él no estaba ahí, que se lo habían llevado, que estaba en
el desierto y eso le produjo mayor desolación.
Lloró durante tres meses y luego
volvió al desierto llevando con ella todas sus pinturas y las quemó en las
afueras de Agua Santa. Nunca más volvió a pintar, pero cada año volvió a Agua
Santa, incluso después de su cierre en 1936. Cada año volvió a sentarse en
aquel espacio perdido bajo la noche pampina. Muchos años después, una veinteañera
Nelly le preguntó por qué nunca intentó buscar sus restos en el desierto, como
muchas otras mujeres lo hicieron y dejaron la vida en ello.
-¿Para qué?
El desierto es infinito y pronto estaremos dentro de él, junto a Manuel; yo, tú
y todas nuestras almas errantes, huachas y sin amor.
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