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EL PASAJERO

EL PASAJERO




DERECHO DE PROPIEDAD INTELECTUAL VITY ESCOBAR, 2017



             A mí me gusta recordar la fiesta del barco. Aunque no fue la primera ni la última que pasamos juntos. Quizá porque fue cuando aún nos creíamos el cuento del amor o del estar enamorados o del amarse. Amalia había arrendado la pieza en una pensión barata cerca del centro de Antofagasta y yo había pescado una mochila con mis pocas cosas y me fui para estar con ella. Éramos pendejos. Ella escuchaba los Strokes porque decía que tenían todo lo que le pedía a una banda de rock y a mí me gustaba Underworld porque sonaban a mil patadas. Así vivimos juntos un mes en esa mierda de pensión. Encamados, culeando, bebiendo todo el día y drogándonos también. Nos gustaba la coca. Jalábamos harto. Conseguíamos plata. Vendíamos marihuana y también la fumábamos harto. Lo que ganábamos nos alcanzaba para comprar harta coca. Igual empeñábamos cosas. Yo tenía una cadena con una cruz de oro que me dieron en el colegio cuando salí de cuarto medio y Amalia le había robado unas joyas a su mamá la última vez que la vio, seis meses atrás. Sí, sé que suena cliché lo de las joyas robadas, pero es la verdad, Amalia las robó y las fuimos a empeñar junto a mi cruz de oro. Nos dieron cuarenta lucas por todo y con eso compramos las entradas para la fiesta del barco, más coca y una botella de Jack Daniel ́s. Vimos el afiche de la fiesta en un poste cerca del pub donde Amalia trabajaba por las noches cuando la conocí. Lo dejó botado cuando nos encontraron sin ropa en la bodega de los destilados. Ella tenía 20 años y yo 24.
             La fiesta era en un catamarán de dos pisos que partía desde el Club de Yates a la medianoche, navegaba mar adentro y regresaría a tierra a las siete de la mañana. La verdad, y eso es lo extraño de escoger este recuerdo como epíteto de nuestra historia, es que no recuerdo exactamente cómo se sucedieron las cosas. Recuerdo el aroma del cabello de Amalia por las mañanas, la suavidad de su cabello, la tibieza de su piel. La violencia con la saltábamos de la armonía a la locura con una rapidez absurda. Nos amábamos, pero éramos pendejos. Estábamos dañados desde mucho antes de conocernos y buscando venganza. Queríamos vengarnos del mundo y terminamos vengándonos uno con el otro. Recuerdo a Amalia cuando me explicó qué era la nada: es un huevo sin cascara y sin nada adentro, dijo y luego sonrió. Íbamos en un bus camino a San Pedro de Atacama. Hizo el gesto con la mano, como si sostuviese un huevo y luego como si no hubiese nada. Recuerdo como nos penetrábamos; con fuerza, con pasión, con cosas dichas al oído entre gemidos. Recuerdo sus manos, su mirada encabronada y su mirada enamorada. Pero no recuerdo gran cosa sobre la noche del barco.
             Bebimos y nos metimos la coca con mucha rapidez, éramos adictos. Yonkis decía ella y nos reíamos; no nos importaba. La pasábamos bien. Daba lo mismo todo lo demás. No teníamos planes, no nos importaban los planes porque la vida que llevábamos hasta antes de conocernos era una mierda. Sentíamos que el mundo nos debía y había que cobrarlo con violencia. Estábamos borrachos y vivíamos en ese estado; no nos importaba. Éramos pendejos, nos daba lo mismo. Nos hacía sentir vivos.
             Tomamos un taxi-colectivo para que nos dejara en el muelle desde el que saldría el catamarán de dos pisos. Junto a mí iba una anciana y delante un anciano junto al chofer que también era anciano. Amalia y yo llevábamos latas de redbull llenas de energética y Jack Daniel ́s. Amalia comenzó a decirme que quería jalar y yo también quería jalar y fumar. De repente Amalia estaba fumando dentro del taxi-colectivo y a lo mejor eso tenía molesta a la vieja junto a mí porque decía que todo era una falta de respeto. Igual la vieja tenía buenas tetas y me hubiese gustado que me la chupara en ese rato. Estoy seguro que Amalia se hubiese reído mucho, pero en vez de eso le quité el cigarro a Amalia para ofrecerle a la vieja que comenzó a decirle al viejo de adelante que abriese la ventana. En la radio sonaba Luis Miguel y ambos nos pusimos a cantar “La Incondicional” mientras yo sacaba el paquete de coca y preparaba un puntazo para Amalia y otro para mí. Luego estaba de pie en una fila junto a un muelle que jamás supe cómo se llamaba y es una cosa que jamás sabré. Podía ver delante de mí un par de travestis con minifaldas rosadas. No estoy seguro si eran de latex, pero brillaban. Me gustaron, Amalia dijo que los maricones tenían buen poto. También había muchas lesbianas, gente vieja y gente joven, gente con rostros derretidos, derrumbados, perdidos. Amalia no medía el tiempo con minutos, medía el tiempo con canciones. Me decía que sabía cuánto tiempo había pasado por la cantidad de canciones que había escuchado en su ipod. La fila era para subir al catamarán de dos pisos. Había que inscribirse antes: dar tu nombre y tu rut; por si te caías por la borda o por si se hundía el barco. Dimos nombres falsos y estábamos tan borrachos que nos reíamos en la cara del sujeto que anotaba en un libro de registros. Nos gustaba reírnos de la gente, era divertido si lo hacíamos juntos. La crueldad nos excitaba.
             Siempre he pensado que fui yo quien lo vio primero, pero Amalia decía que ella lo vio primero. Años después, una de las pocas cosas de las que hablábamos era sobre quién le había visto primero. A veces pienso que lo vimos juntos, al mismo tiempo, y como muchas otras cosas no nos dimos cuenta de ese gran detalle. Era muy delgado y muy pálido. Tenía las mejillas hundidas, el cabello descuidado y liso. De lejos se notaba que era anoréxico y pastillero. Estaba sentado en una pequeña barra de la terraza superior. Amalia y yo bailábamos enajenados mientras nos besábamos, Born Sleepy sonaba de fondo. Se notaba que era bisexual. Amalia se le acercó por atrás y lo jaló hasta la pista de baile. Nunca supe cómo se llamaba. A veces pasábamos tardes enteras tratando de inventarle un nombre: tenía cara de Sebastián o tenía cara de Javier o de Alfonso o de Andrea o de Claudia ¿Qué hace que un rostro le pertenezca a un nombre? Nada. Todos los que dicen que sí son unos idiotas. Es fácil cambiarse el nombre, ser nadie o ser alguien distinto y no hay nada que pueda evitarlo. El ser humano es un ser para la mentira. En un camarote muy estrecho, Amalia me pidió que penetrara al chico y yo lo hice. Tenía el culo pequeño, muy flaco y la espalda también; su piel era suave. A Amalia también la penetré y luego lo hicimos entre ambos. Amalia tenía muy buen cuerpo. Me corrí dentro de ella, mientras nos besábamos. El chico nos observaba a un lado, parecía triste mientras gemíamos. Puede que haya sido por eso, puede que haya sido porque ya todo estaba escrito desde antes para él o porque estaba demasiado jalado; pero nos dijo que se iba a suicidar, que iba a hacerlo esa noche y que por eso había ido a la fiesta, para lanzarse por la borda. Nos miró con los ojos cristalinos, como buscando algo que no nos importaba. Sólo le dijimos: ok, hazlo ahora. Pero el chico se puso a llorar. Entonces lo golpeamos. Lo escupimos. Le pateé tan fuerte la mandíbula que se la desencajé; ya no se escuchaba más que un aullido de dolor que acallaba la música de la fiesta. Después Amalia encontró un madero para golpearlo en la cabeza. Yo estuve dándole patadas durante un buen rato en el pecho y el estómago y ella le dio duro con el palo. Se podría decir que le molió las bolas a palos. La excitación se apoderó de nosotros, nos sentíamos dueños de ese momento y pensábamos que eso nos mantendría unidos para siempre. La penetré mientras nuestro amigo agonizaba con la cara desfigurada. Lo hicimos duro y ella se corrió violentamente dos veces antes que yo me corriera gritando. La fiesta seguía. Finalmente, lo lanzamos por la borda.

             Amalia le dio un beso en la frente antes de dejarlo caer. El mar era una masa negra y rápidamente el bulto de su cuerpo desapareció de nuestra vista. Muchos años después, justo antes de lanzarse por la ventana del piso quince, Amalia me gritó que ese cuerpo era lo único puro que hubo entre nosotros.






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