LA LAPIDACIÓN DE IRINA
Este cuento fue premiado, bajo el nombre de "La Lapidación de Isolda", entre los 20 mejores relatos del 2010 por la Heritage Latin American Foundation, New York, USA.
PROPIEDAD INTELECTUAL DE VITY ESCOBAR, 2017.
No se baja vivo de una cruz.
Julio Cortázar, Queremos tanto a Glenda.
I
Había una niña de seis años.
Llevaba vestidito rojo, corría hacia un grupo de palomas que bebían agua en un
charco cerca de los juegos infantiles de O´higgins y General Velásquez. Una
anciana la vigilaba desde cerca. El sol de mediodía caía sobre el cabello de la
niña dándole tintes plateados. De pronto las palomas alzaron vuelo, asustadas
por la carrera de la pequeña y ésta levantó la cabeza, sonriendo. A ojos perspicaces
la imagen se habría encuadrado y suspendido, llana para apreciar la gracia del cuello
extendido y las manos alzadas al cielo tratando de asir las aves que ya volaban
muy lejos. La escaramuza duró un segundo. Pronto la pequeña perdió la
majestuosidad y en ese escape fue que Bruno pensó en la naturaleza privilegiada
de los pintores. Si él hubiese poseído la capacidad de pintar. La conciencia perfecta
del infinito individual. Mientras ese pensamiento le atravesaba el cerebro vio
venir a Irina desde la esquina opuesta; él esperaba la mengua del tráfico
vehicular al mediodía y atravesar O´higgins en dirección a Carrera y luego a
José Santos Ossa para perderse en el hormigueo gris, anónimo y sin rumbo del
centro de la ciudad. Fue una visión inesperada e inquietante. Observó el
trayecto de la chica. Irina iba con la cabeza erguida; los ojos cristalizados, enajenados.
Se arrastraba calle abajo atraída por una fuerza superior a su voluntad. Llevaba
un vestido azul con lazo blanco a la cintura. Bruno le vio cruzar la calle sin
prestar atención a los autos que le tocaron la bocina y luego esperó que pasase
junto a él. Pasó a treinta centímetros, pero no lo vio o mejor dicho no reparó
en él. Irina se perdió calle abajo, en dirección al mar.
En realidad, pensó más tarde Bruno
sentado en un café cualquiera, ella no veía nada de lo que la rodeaba en aquel
momento porque su rostro denotaba, definitivamente, y no se le ocurría otro término,
un profundo e incontenible terror. Conoció a Irina tres años antes; en la
exposición que un amigo había montado en una antigua casona de Avenida
Argentina; a propósito de las nuevas posturas estéticas de la ciudad en respuesta
a los círculos artísticos tradicionales que ejercían una hegemonía férrea sobre
el discurso pictórico formal imperante. Un asunto snob y muy poco inteligente,
a su juicio. El lugar escogido estuvo abandonado durante muchísimo tiempo. Para
Bruno esas reuniones eran insoportables; el problema, a su juicio, era la gente
que llenaba los salones. Gentes que se encuentran en los extrarradios del “poder
del arte”, es decir, de aquellos artistas que realmente no existen por no existir
en la retina de los otros o mejor dicho: no ser populares. Estas gentes nunca
han sido una respuesta a nada, sólo se encuentran en la fila que espera avanzar
un par de pasos más hacia ese existir, hacia el reconocimiento y el aplauso…
hacia la vulgaridad. Sí, bien conocía él esas ambiciones. Así que, con tales
ideas en mente, Bruno había deambulado dos horas como un explorador que observa
y toma nota mental del comportamiento en manada de alguna especie animal particularmente
torpe y poco adaptada. Hasta que se topó con un enorme cuadro gris dentro del
que la cara de una mujer gemía deformada por una mueca de dolor y, sobrepuesta
a ésta, la imagen de la misma mujer exhibiendo una mirada perversa. No era un
cuadro realista ni figurativo. Había una multiplicidad de seres que coexistían
dentro del ente. Se mantuvo a prudente distancia de observador. Junto al cuadro
había una pequeña placa que decía: “Candirú”, óleo sobre tela, técnica mixta,
Irina Harr. En eso estaba cuando notó a su lado una joven que no conocía y que
no apreciaba la tela sino que lo miraba a él. Unos ojos y un rictus hermosos,
sin duda. Quizá, pensó finalmente Bruno intentando enfocar su mirada en el
Candirú, es la autora del cuadro. Miró de reojo y la chica ahora le prestaba
atención a un grupo que hablaba más allá. Había perdido completamente el
interés en él. Es más, comenzaba a alejarse.
-Tú
pintaste el cuadro –dijo Bruno a espaldas de la chica que se detuvo y se volteó
sin sonreír.
-¿Te gustó?
-Bueno… sí…
es… bueno –dijo después de un par de segundos y se sintió estúpido después de
la última palabra.
-Es
maravilloso. Pero yo no lo pinté.
Bruno se
quedó con la boca entreabierta y la sensación de ser maniatado, ultrajado y
abierto en canal como un pequeño canario que se golpea con un garrote.
La chica se llamaba Monserrat.
Bruno lo supo treinta minutos después de aquel funesto encuentro frente al
“Candirú”. Fue Irina quien le dijo que Monserrat se llamaba Monserrat. Bruno
esperaba junto a la puerta del baño y ella se le acercó haciendo un par de rodeos.
Tenía el cabello negro, era muy blanca y flaca. Le dijo que había visto su
encuentro con Monserrat, que le había dado pena y quería disculparse, pero su
amiga era así, que no era mala persona, lo más probable es que realmente ni
siquiera había estado mirándolo a él sino más bien a la representación mental
que se estaba haciendo de alguien que estaba parado frente al cuadro y, por
supuesto, en aquellos casos a Monserrat le daba exactamente lo mismo quién era
a quien miraba porque, como ya se lo había dicho, ella no miraba a los seres sino
que sólo se miraba a sí misma a través de esos seres y entonces, para el caso,
todos los seres eran iguales y todos eran uno y por lo tanto ninguno, sobre
todo a los ojos de Monserrat y ella, por supuesto, en aquel punto estaba
completamente de acuerdo con su amiga, así que lo más seguro era que Monserrat
ya hubiese olvidado todo, incluso la cara de Bruno, por lo que él no tenía que
preocuparse de nada ni sentirse apenado por nada, porque Monserrat se olvidaba
de todo menos de ella misma. Por cierto, dijo finalmente, me llamo Irina. Hablaba
lento, como si cada frase dicha fuese producto de una compleja y tortuosa obra
de disciplina y auto-obligación. Solía mirar a su alrededor como intentando
atrapar a alguien que quizá estaba escondido por ahí. Daba la impresión de
estar haciendo un gran esfuerzo para estar de pie.
-Tú
pintaste ese cuadro –dijo Bruno mientras observaba la tela colgada al otro
extremo de la sala. Irina volvió la cabeza hacia el lugar que ocupaba su obra y
negó.
-Tiene mi
nombre, pero eso no lo pintó esto.
II
Irina estaba sentada en un escaño
de concreto de Avenida Grecia, frente al hotel Diego de Almagro. Trataba de
observar el hotel, pero la construcción en curso de un edificio se lo impedía.
Sudaba. A sus espaldas el océano pacífico se extendía como una red de peces cargada
con el sol de las cinco de la tarde. El azul era intenso, las gaviotas revoloteaban
mar adentro sobre un carguero de bandera holandesa que esperaba su turno en la
boca del puerto, los ciclistas reían, las horas se arrastraban lentas y en paz.
Pero, si el distraído paseante hubiese sido capaz de asomarse a la oscuridad de
los pensamientos que comenzaban a bullir en la cabeza de Irina, mientras
encendía un cigarro con la vista perdida en el hotel, la sensación de calidez
que rondaba el ambiente se habría convertido de pronto en un frío paralizante.
Un vacío absorbente y reverberante. La nada de Irina, el terror de Irina. Tenía
una cita en aquel hotel, una cita negra. Atravesó la calle sin mirar. Si el
mundo fuese consciente cómplice de las silenciosas batallas que día a día,
minuto a minuto, millones de seres anónimos sufren para conquistar no más que
un pequeño espacio en el gran abismo de la libertad que los humanos se
inventaron para no desesperar y simplemente entregarse al dulce desaparecer
completamente. Si el suelo bajo los pies de Irina no pareciese arena mojada, si
las distancias no obedecieran a simples contradicciones relativas. Si todo
pudiese solamente no estar sucediendo. Si por lo menos, pensaba Irina, esto
fuese el final. Pero el final estaba aún muy lejano y la vibración del aire
acondicionado del piso 9 se lo recordó.
-El final
está aún muy lejos -se dijo.
Exceptuando el ruido monótono del aire
acondicionado, nada más se escuchaba en el pasillo. La luz se colaba por un
ventanal con vista al mar; pero para Isolda aquella luz sólo lograba resaltar
las partículas de polvo y ácaros que flotaban en la atmósfera. Estaba segura
que dentro de la habitación a la que se dirigía el polvo y los ácaros podrían palparse
y tomarse por puñados desde el aire y respirarlos y llenarse los pulmones de
ellos y luego… luego sólo dejarse estar. Luego sólo no ser esto y ser aquello.
Aquello que era cuando realmente no era nada más. Porque ser nada era
exactamente todo lo que debía ser en aquel oscuro momento. Se deslizó como si
no caminase sobre sus pies, como si fuese dirigida por una correa transportadora
de ganado al lugar donde sería trozada y exterminada. La puerta de la
habitación 907 estaba semi abierta. Tal como lo había imaginado, el interior de
la habitación estaba bañado por un haz de luz que caía suave desde una cortina
a medio cerrar que dejaba ver un cúmulo de partículas de polvo que flotaban a través
del rayo luminoso. Aspiró. Junto a la cortina vio una silla y la silueta de un
hombre sentado. Tenía las piernas cruzadas. Se detuvo en medio de la habitación
a un par de pasos de la cama y un par de metros del sujeto.
-Hola –dijo
el sujeto con voz neutra
-Hola –dijo
Irina imitando el tono neutro del que había hablado antes.
-Ya eres
una mujer –dijo la voz como si notara un detalle que hace mucho había olvidado.
-Han pasado
doce años, papá –dijo mientras se quitaba la blusa.
III
El miedo lo descubrieron ambas en
el desierto. En un viaje al desierto de Atacama que para Isolda no significaba
más que un paso desde el estado de inercia total en que se había mantenido los
últimos dos meses al estado de expectante languidez que siempre le había dejado
el viajar. Un estado de incertidumbre con respecto al futuro y, peor aún, con
respecto a las concepciones de su praxis. Como si estar sometida al estímulo
del viaje generase en su interior un vaivén espiritual ingobernable que estaba destinado
a colapsarle y sumirle sin remedio en la negrura de la improductividad consciente.
Cosa que hasta aquel momento había logrado capear haciendo uso de infinitas
triquiñuelas de autoengaño aprendidas a lo largo de toda una vida de ignorar lo
obvio. Sin embargo, fue. Principalmente porque el viaje era idea de Monserrat; para
quién el mismo significaba una puerta que se abría en medio del abismo sin
sentido hacia el cual ambas estaban dejándose arrastrar sin oponer mayor resistencia.
Llevaban varios meses dando vueltas
por el departamento que habían arrendado nada más llegar a Antofagasta. La
abuela de Irina, único familiar conocido que poseía, había muerto
repentinamente de un derrame cerebral y Monserrat acababa de finalizar un
engorroso divorcio que terminaba por sepultar un matrimonio de cinco años y un
inexplicable dolor de espalda que se agudizaba en las mañanas de invierno.
Poseían en aquel entonces el tipo de relación que usualmente se define como
conocerse. Habían estudiado pintura en la misma facultad, habían estado en la misma
clase durante cinco años, habían expuesto sus obras en las mismas salas semiprofesionales,
habían intercambiado más de una conversación; era muy probable que no tuviesen
grandes diferencias en cuanto a la convivencia –sobre todo porque Irina no
pretendía gobernar nada y Monserrat basaba sus relaciones en el sometimiento-,
ambas estaban en un punto muerto de sus vidas, ambas estaban perdidas y
agotadas, ambas tenían 27 años. Era suficientemente posible que llegasen a ser…
amigas. Así que lo más lógico para ambas fue unir esfuerzos y autoexiliarse de
la ciudad de Santiago. Una ciudad que no las necesitaba y que las olvidaría con
facilidad, una ciudad donde ninguna tenía espejos en los cuales reconocerse.
Por eso el viaje al desierto era
completa y absolutamente necesario a juicio de Monserrat. Después de varios
meses en aquella ajena y extraña ciudad ninguna había logrado dibujar más que
un par de bocetos y el dinero del divorcio estaba desapareciendo. Irina cada
día hablaba menos. Su rutina se limitaba a deambular por la playa y encogerse
de hombros a cualquier cosa que decía Monserrat. Irina lentamente estaba
despareciendo. Monserrat culpaba al clima, al sol, a la infertilidad propia del
entorno, al maldito desierto. Por eso su solución era enfrentar a la bestia
cara a cara, ver los ojos de medusa y esperar no terminar petrificadas en el
atrevimiento.
Partieron un martes de agosto sin equipaje.
Monserrat arrendó una camioneta Dodge. Salieron al amanecer directo por la
carretera 5 en dirección norte. Significase lo que significase ese norte. Las
cumbres de la Cordillera de la Costa que corría paralela a la carretera estaban
cubiertas de bruma negra. Todo lo que el ojo alcanzaba era de un gris que se
colaba por los huesos y el frío de tierra infértil que entraba por la nariz y
congelaba el alma. Luego de cuatro horas manejando, Monserrat descubrió un desvió
que les permitió internarse hacia la planicie que lleva a la Cordillera de los
Andes. A medio camino entre la nada en que se encontraban y la nada de lo
desconocido comenzó a llover, el reloj marcaba las 11:30 a.m. Pronto el camino
de tierra se hizo intransitable. El miedo invadió a Monserrat, sintió esa pequeñez
que comúnmente olvidaba cuando estaba rodeada de otros seres humanos. Su visión
frente a la humanidad era, por decir lo menos, de absoluta perplejidad y
hastío. Perplejidad por ser incapaz de comprender las redes de anhelos absurdos
que se tejían en torno a ellos y hastío porque esas redes eran sólo un recuerdo
de la infinita vulgaridad que expelían a cada respiro. Pero Irina era diferente
a todos, un enigma para y, la mayor parte del tiempo, un recordatorio la propia
falta de talento artístico de Monserrat. Quizás Irina sólo jugada a burlarse constantemente,
quizás ella sólo quería estar en la piel de Irina, ver los colores de la
realidad a través de sus profundos ojos negros. Sentía miedo, mucho miedo. Estaban
detenidas a un costado esperando que amainase la lluvia. La radio apagada. Solo
el frenético tic-tac de las gotas cayendo sobre el vehículo. De pronto Irina
abrió la puerta y salió. El horizonte era una muralla de montañas coronadas por
nubes negras. Monserrat se quedó detrás del volante observando a su amante
correr bajo la lluvia y saltar y dar giros como una niña jugando en el jardín
de su casa mientras cae la lluvia, sin nada que temer. Diez metros más allá,
Irina se dejó caer en el barro y allí se quedó con los brazos extendidos y los
ojos cerrados. Monserrat bajó del vehículo y corrió hasta ella. Cuando llegó a
su lado la tomó de la chaqueta negra de cuero completamente empapada.
-No tengas
miedo –le dijo Irina casi gritando y riendo.
-No tengo
miedo.
IV
Bruno encontró a Irina sentada en
el suelo, frente a un atril de madera que sostenía un bastidor con la aguada de
colores de una pintura que ya en ese estado fetal de creación dejaba adivinar
una críptica relación con la Irina perdida que había visto atravesar la calle
el día anterior. A todas luces la artista no había pegado pestaña. La habitación
en la que se encontraba era su estudio: una pieza de cuatro por cuatro metros
cuyo único mobiliario consistía en un sillón de cuero rojo manchado con la
pintura que cientos de veces había caído sobre él. A Bruno le encantó ese
sillón desde la primera vez que lo vio. Pensaba que el sillón en sí era una
obra de arte creada por la vida que a su alrededor se había gestado y sentarse en
él le hacía también parte de esa creación. El resto de la pieza estaba tapizada
por bocetos en papel croquis esparcidos por el suelo y las paredes, tubos
vacíos de óleo, una engrapadora y copas con restos de algún líquido. Ahí no había
vasos, sólo copas. En un rincón, amontonadas la mayor parte de sus obras,
envueltas en nylon transparente. Detrás una ventana cubierta con papel de
embalaje color café claro.
-Hay muchas
cosas que no encajan dentro de mi mente –susurró Irina con los ojos fijos en el
boceto que tenía frente a ella, mientras Bruno la observaba de pie junto al
sillón rojo.
-Esa
pintura tiene mucho de tus ojos de ayer… –aventuró Bruno avanzando unos pasos
hasta Irina.
-Siéntate
–dijo ella mientras se levantaba.
Cada vez que Bruno entraba en el
hogar de Irina y Monserrat sufría una pérdida de voluntad que le agradaba y al
mismo tiempo le aterraba. Era como ingresar en un espacio infinito e
incomprensible, un lugar con límites difusos. Una dimensión donde el tiempo era
algo realmente relativo y la vida se definía a través de una paleta de colores.
La vida de ambas estaba gobernada por leyes aparentemente tan simples que engañaban
el abismo al cual se enfrentaba quién quisiese someterse a ellas. Bruno se
sentaba, Bruno escuchaba. Bruno sólo se deslizaba en el éter que Irina
irradiaba.
-Ayer
estuve con mi padre –le soltó de improviso mientras encendía un cigarro.
-No sabía
que tu padre viviese en la ciudad.
-Mi padre
no vive aquí… yo lo llamé, lo hice venir.
Bruno
observó a Irina en silencio tratando de descifrar hacia dónde pretendía
llevarlo con aquella confesión, pero él sabía que ella no actuaba con un método
planificado de acercamiento al otro como la mayor parte de las personas. El
sólo hecho de sospecharlo dejaba al descubierto el abismo insalvable que separaba
las naturalezas de ambos. Irina existía minuto a minuto, se deslizaba entre los
seres con una ingenua inconciencia de la maldad que encierra el trato entre los
humanos. Acercó un taburete de madera que estaba junto a los atriles y tomó
asiento frente a Bruno. Mientras éste esperaba que continuara con lo de su
padre, pero ella parecía haber olvidado el tema o estar concentrada en pensar
más que en hablar. De pronto la cerradura de la puerta principal rompió el
silencio. Un golpe enérgico y la vibración de las llaves cayendo dentro de la
pecera de cristal vacía. Retumbar de tacos punta aguja sobre el suelo enlozado
y luego el deambular que deja adivinar un periplo dentro de la cocina. Una taza
que es dejada con descuido sobre el mesón. El sonido de la cafetera que roza
contra el metal del lavado. El silencio de los ruidos cotidianos; aprendidos e
ignorados.
Vencido, con el alma amargada
Sin esperanzas, hastiado de la vida
Solloza en su orfandad, el pobre pallador
Sin hallar un consuelo a su dolor.
Colgada de un clavo la guitarra,
En un rincón la tiene abandonada
De sus sonidos ya no le importa nada,
Tirado en una cama no hace más que llorar.
Los versos pertenecían a un
viejísimo tango que Monserrat canturreaba distraída. Ignorante que en otro
cuarto la escuchaban. El rostro de Bruno era el de quién acaba de asomarse a un
lugar prohibido e incomprensible. Revelador de miedos y verdades. Irina lucía
serena.
-No sabía
que vendrías –dijo mientras se levantaba para abrir la ventana del estudio.
Monserrat les observaba desde la puerta con una taza de café en la mano.
-No sabía
que estarías.
Ambas
sonrieron en un rito de complicidad que Bruno observaba en su calidad de
completo intruso.
-Hola,
crítico de arte –dijo a Bruno mientras se sentaba a su lado. Le conocía hacía
tres años y siempre olvidaba su nombre, por eso el apodo –supongo que tu visita
no me incluye.
Bruno no respondió porque Monserrat
no le dio tiempo, fijó de manera total su atención en el trabajo de Irina. El
silencio envolvió la habitación nuevamente. El tiempo. La relativización de lo
indecible; la redención. La luz del atardecer venía a posarse sobre la tela inconclusa
que mostraba un rostro agonizante rodeado de flores violeta oscuro.
-Sabes una
cosa, crítico, una cosa terrible, –dijo Monserrat -lo más terrible de todo es
que yo soy su Candirú. A veces me gustaría decirle que la amo, pero siempre llego
tarde.
Bruno comprendió que Irina ya no
estaba ahí ni volvería a estar jamás; Irina ya era otra idea perfecta.
DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL VITY ESCOBAR, 2017.
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